Prosper Viaud

Nazareth et ses deux églises de l’Annonciation et de Saint-Joseph (1889-1910)

Cuando el padre franciscano Prosper Viaud llegó por primera vez a Nazaret en 1889 se dió cuenta de cuanto la pequeña iglesia de la Anunciación, construida en el siglo XVIII, no hacía mérito a la gloria del pasado. Pero las señales de esta magnificencia estaban escondidas entre los muros del convento y deberían ser encontrados.
Retomando el trabajo de su predecesor, fray Benedict Vlaminck, el padre Viaud inició una minuciosa búsqueda, convencido que mediante la historia y la arqueología la Custodia podría encontrar un nuevo lanzamiento para la construcción de un Santuario más apropiado a la Casa de María. La relación de esta investigación, publicada en 1910, no es sólo un análisis de las recuperaciones, sino el relato de una apasionante búsqueda cotidiana, compuesta de esperas, desilusiones y sucesos inesperados, como en el caso de la recuperación de capiteles cruzados escondidos dentro de una gruta del tiempo de Jesús.

El descubrimiento de los capiteles historiados

« Antes de renunciar a mis investigaciones, decidí finalmente, basándome en las dimensiones de la antigua bóveda del otro lado de la habitación, de hacer un hueco en el medio del salón, delante de estas cepas extraordinarias. Bajamos un poco más de un metro de profundidad sin encontrar nada, salvo tierra y desmonte. Evidentemente, ahí no había nada más. Ya que debía salir para algunos compromisos, ordené detener las excavaciones y cerrar el agujero ya hecho.
Pero un sirviente que me ayudaba en estos trabajos me hizo notar que, después de haber hecho tanto, era verdaderamente un pecado no ir hasta el fondo.
Me pidió, al mismo tiempo, dejarlo excavar hasta la roca. Le permití para alegrarlo y me fui, convencido que era completamente inútil.
Cuando regresé por la tarde, la escena había cambiado por completo. Toda la gente trabajaba en modo incansable y los rostros radiantes. Sin darme tiempo de decir nada: “¡Padre, me gritaron los obreros, una estatua!” Estas palabras me dejaron, al inicio, bastante frío. Durante las excavaciones los obreros dieron, a veces, indicaciones algo extrañas y lejanas de la realidad que no se podía creer en nada de lo que decían, antes de haber visto en persona.
Sin embargo, el sirviente del cual hablé me dijo entonces, seriamente: “Padre, es verdad. Venga a ver, es magnífico”. Con un salto entré en la fosa y me incliné a examinar, ayudándome con una luz, el famoso descubrimiento. Era verdad: estábamos sacando a la luz una parte del capitel historiado (fig. 1). Al lado había aún otro capitel bajo tierra, del cual podíamos ver sólo la parte superior.
Inútil explicar mi alegría y la de mis religiosos que corrieron con esta noticia, que se difundió en un instante, no sólo en el convento, sino también en la ciudad. Era inútil también describir todas las precauciones tomadas poco a poco para liberarlos, para levantarlos y exponerlos en un ángulo de la sala.
De pronto, el día después, comenzó una verdadera procesión que duró muchos días: todos, cristianos y musulmanes, hombres, mujeres y niños, querían ver los maravillosos capiteles. De hecho, esta reputación, y esta admiración ha sido compartida desde aquel momento, por todos los visitantes. Todos confesaban que no se esperaban contemplar tal maravilla.
No obstante, aquel día descubrimos sólo dos, a los cuales al día siguiente y el día después de este, se le añadió un tercero.
Este magnífico descubrimiento alentó el coraje y reavivó las esperanzas de todos, incluida la mía.
Creyendo ya haber visto salir entre el desmonte una cantidad innumerable de capiteles similares, decidimos rebajar el suelo del salón para dar más altura y más aire. Nos pusimos rápidamente a trabajar y, en pocos días, los dos metros de tierra fueron retirados y eliminados.
Solamente se extrajeron dos nuevos capiteles de una especie de bloque bajo el cual estaban como escondidos; sin embargo, junto a los primeros tres, conformaron todos los cinco una riqueza artística de primer nivel.
Y sin embargo, observando desde otro punto de vista, este descubrimiento no fue nada respecto al que hicimos posteriormente, y el cual trataremos ahora. »

Viaud Prosper, Nazareth et ses deux èglise de l’Annonciation et de Saint-Joseph, Paris, 1910, Cap 4, pág. 55-56