Tommaso Obicini da Novara, 1620

El Guardián de Tierra Santa Obicini da Novara visitó el santuario de la Anunciación, y al verlo todo abandonado y desierto, quedó profundamente impresionado, tanto para desear rescatarlo.
Para ello llegó a Beirut, al palacio del emir Fakhr ad-Din II, de quien dependía Nazaret. El emir, quien a causa de la oposición al imperio Otomano fue obligado al exilio, vivió en Italia entre 1613 y 1618. El contacto con el mundo occidental lo volvió abierto y disponible hacia los cristianos y las potencias europeas. Ayudado luego por el cónsul francés Battista Tarquet, compañero de Obicini en el viaje a Beirut, fue indultado y pudo retornar a su patria. Bajo su principado, Líbano creció económica y culturalmente, pero en 1636 el Sultán Otomano, a fin de apaciguar las pretensiones de autonomía del país, asesinó a Fakhr ad-Din II y a todos los miembros de su familia.
El Guardián Obicini, quien logró obtener del Emir la Gruta de la Anunciación y el Monte Tabor, escribe de puño y letra una relación en latín sobre el encuentro con el destacado personaje, traducida en italiano por Sabino de Sandoli. Con esta donación, el 29 de noviembre de 1620, inició oficialmente la apropiación franciscana de la Gruta venerada de Nazaret.

VIAJE A BEIRUT

«Después de haber salido, buscó saber a través de algunos moradores nazarenos de quién era dicho lugar y de quién dependía la ciudad. Me respondieron: “Del príncipe de Sidón, llamado Emìr Fakhr ad-Din”. Apenas supo aquello, no sé por quién fui iluminado en aquel instante, que de pronto comencé a pensar en la recuperación de tan grande santuario diciéndole a mi corazón “Iré a encontrar a este Príncipe, le pediré este lugar santo, y Dios lo permita, donador de todo bien, lo conservará resueltamente”.
Aquello que verdaderamente después de seis meses, como había entonces pensado, y como había previsto por inspiración, se realizó perfectamente; […] me dirigió con paso tranquilo desde la santa ciudad de Jerusalén hasta Sidón para un viaje de seis días.
Finalmente, no habiendo encontrado ahí al Príncipe, en compañía del señor Battista Tarquet, cónsul de todo Palestina en nombre del Cristianísimo Rey, del señor Alberto Gardana, quien fue el primer cónsul en Sidón, del señor Francesco Lebar Procurador de Tierra Santa y del señor Raffaele, capitán de la nave San Vittore, partió a Beirut, ciudad de Fenicia.
Allí, dicho Príncipe se ocupaba de la nueva y cómoda sistematización de una de sus casas y de un bosquete; ahí no fui solo tolerantemente visto, sino también acogido con cada demostración de gentileza con un doble banquete en el usual palacio de su residencia, siempre con la más grande cordialidad. Por último, les expuse brevemente la razón de mi visita y les manifesté el devoto deseo de construir el Lugar Santo de Nazaret.
El Príncipe, después de haberme escuchado, dijo sonriendo: “Quisiera el cielo atribuirme esta libre posibilidad: para los cristianos haré cosas más grandes de las que tú piensas; ya que yo, no sólo en el lugar que me pides, pero también en otros lugares de mi dominio te concedo gratuita y libremente a ti y a tus hermanos, si quien ahora lo posee, fuera retirado del medio. A pesar del presente, para satisfacer tus devotos y honestos deseos, te concedo el Lugar Santo de Nazaret y decreto concederlo también para el futuro […].
Al escuchar estas palabras suyas yo, contento, le agradecí infinitamente; y los demás presentes conmigo, llenos de alegría, lo hicieron igualmente. En este asunto hay mucho por maravillarse como este Príncipe, sin ninguna demora, abierto y con alegre ánimo, nos otorgó este lugar santo de Nazaret; así, a diferencia del uso general de todos los turcos, nos ofreció espontáneamente ayuda para las restauraciones, y asimismo nos prometió libremente entregarnos también otros Santos Lugares devotos de Galilea; ¡todo era maravilla, dije, como al final nos acompañó con cada expresión de cortesía, en el sentido de que nos recomendó eficazmente incluso a los mismos ancianos de Nazaret! »

TOMA DE POSESIÓN DEL SANTUARIO

«Entonces en el año de nuestra salvación 1620, tomadas las cartas comendaticias del Príncipe de Sidón, y luego obtenidos todos los documentos relativos a este asunto del Cadí de Safed, y acompañado por un Chiaus del gobierno de Safed, y protegido en la calle por una escolta de soldados, junto al padre Fray Giacomo di Vendôme, sacerdote, y fray Francesco Salice, siciliano, y testigos que presentaré a continuación, llegamos todos sanos y salvos al Santo Lugar de Nazaret el 29 de noviembre, día sábado; y le hizo ver ahí mismo las cartas de los Príncipes, y se leyó delante de los testigos los decretos del Cadí, en ese mismo día con nuestra alegría en común tomamos solemnemente libre y legal posesión de dicho Santuario. […]
Luego entramos al Lugar Santo, en el que una base alguna vez sostuvo la santa casa de Loreto, entramos a la Santa Gruta donde la Bendita Virgen María fue saludada por el Ángel; veneramos plena y religiosamente y con dedicado culto ambos lugares, como si viéramos con nuestros propios ojos el verbo hecho carne. Después comenzamos a limpiar la iglesia tan digna y un santuario tan célebre, y bendecimos el antiguo altar de la Anunciación construido por los cristianos. Decoramos el lugar santo con lámparas. Limpiamos la Gruta, no tan luminosa, con pequeñas velas, y finalmente, colocado todo adecuadamente para el culto divino, cantamos solemnemente los cantares del sábado del último domingo de Adviento.»

DESCRIPCIÓN DE LA GRUTA

«Acabados los Cantares y Completas, vinieron algunos Moros, Árabes y Cristianos de Nazaret, los cuales nos contaron, en orden, algunos hechos extraordinarios que supieron de sus antepasados por segura tradición, que son dignos de ser recordados, y cada día eran testigos unánimes de cómo Dios había realizado los milagros en aquel lugar por los méritos de la Bendita Virgen Mará; cosa que a decir verdad apenas les creíamos verdaderas, porque eran narrados por testigos que no eran fieles con el testimonio de nuestra fe, especialmente aquellos hechos que cuentan sobre las dos columnas ahí ubicadas por los antiguos fieles.
Una de estas fue colocada en la misma entrada o puerta de la Gruta, y fue puesta a la izquierda para indicar el lugar exacto donde se encontró el arcángel Gabriel, cuando entró a la habitación de la Virgen. La segunda fue colocada cerca de esta, pero al frente, casi a dos pasos dentro de la Gruta, donde se conserva el recuerdo de aquel santísimo lugar, en el que no sólo a la bendita Virgen María, rezando lejos de las miradas, le fue anunciada por el ángel que en poco tiempo sería la Madre de Dios, pero que también la Palabra del Padre eterno, en la plenitud de los tiempos y en cooperación con el Espíritu Santo, se convertirá milagrosamente en carne, y habitará entre nosotros. No mucho después de nosotros, esta columna fue partida en la parte inferior con cinco palmas, desde la base, por algunos Moros supersticiosos de África, quienes creían que contenía un gran tesoro, mientras que la parte superior quedó suspendida de tal modo en el techo de la Gruta.»

Sabino De Sandoli, Reedición y traducción de los opúsculos de P. Tommaso Obicini da Novara sobre las procesiones en los Lugares Santos y sobre la adquisición de los santuarios de Nazaret (1620) y Ain Karem (1621), en “Studia Orientalia Christiana Collectanea”, vol. 22, Jerusalén 1989, pág. 175-466